Siendo pequeños nosotros, resulta que a Peyo le regalaron una guitarra de juguete. De ahí surgió la idea de hacer un trio. Junior hizo un guiro con una lata de galleta, tipo guayo. Yo hice unas maracas con dos latas de salsa y pepitas negras de una mata que le decíamos maracas. En todas las navidades recibíamos parrandas, pero las más que nos gustaba eran unas que traía Carlos, el novio de Hilda para entonces, con sus amigos de La Loma.
Como Junior y yo dormíamos en el refugio se nos hacía fácil escaparnos después que todos estaban dormidos. Esperábamos a Peyo y nos íbamos los tres a parrandear. A la una de la mañana estábamos nosotros dándole una parranda a Don Lino y Da Melín. “Saludos, saludos, vengo a saludar” era la canción para levantarlos. La cantábamos hasta que escuchábamos señales de que se estaban levantando. Y efectivamente, todos en la casa de Don Lino, que eran muchos, se levantaban a recibir aquella parranda y nos recibían tal cual recibían a la parranda de los adultos. Don Lino decía unas palabras de bienvenida, nos invitaba a entrar y todos nos rodeaban para escuchar aquella peculiar parranda.
Teníamos un repertorio de tres canciones. Hay una que no la recuerdo. Quizá Peyo y Junior se acuerdan. Pero las otras dos eran: “Hay Dorotea, Dorotea tu eres fea. Dorotea tu eres fea de verdad. Pero baila la guaracha y el bolero que contigo no hay otra igual. Vamo a gozar eh.” Y la otra decía: “ Coqui, coquí, coquí, dulce de coco. Cómprame a mi, cómprame a mi que ya yo me vuelvo loco”.
Nos repartían de lo que tenían, queso, galletas, una vez nos dieron hasta vino. Una noche a Peyo se le cayó la guitarra cruzando el rio y como era de cartón no sirvió más. Así murió aquel Trio Parrandero, que si hubiese seguido, quién sabe cuantos discos grabaría. Papi, Mami y Tio Toño nunca se enteraron que levantábamos a los vecinos de madrugada. Total, lo aprendimos de ellos que bastante parranderos que eran.
Fe, esperanza y amor. Tres palabras simples, pero llenas de significado, que escuchamos casi todos los días. Conocidas como las ‘virtudes teologales,’ estas son regalos de Dios que nos ayudan a vivir bien y a acercarnos a Él. Al comenzar esta temporada de Adviento, quiero compartir con ustedes una historia real, una historia que encarna estas virtudes y resalta el milagro de la Navidad. Era la Nochebuena de 1961, y afuera nevaba. Había cumplido seis años de edad doce días antes, y mi familia vivía en Lake Hopatcong, Nueva Jersey. Éramos una familia de seis: mami, papi, mis tres hermanos y yo (mis hermanas todavía no habían nacido). En esa época no éramos indigentes, pero tampoco vivíamos en la comodidad. Esa noche, mis hermanos y yo estábamos acurrucados alrededor de nuestro viejo televisor en blanco y negro, mirando con entusiasmo el Show de Ed Sullivan, emocionados por la llegada de Santa Claus. Pero, a diferencia de otros años, nuestros padres estaban inusualmente serios. Papi estaba sentado en silencio en su silla, con el ceño fruncido, mientras mami sostenía su rosario, rezando en voz baja y secándose las lágrimas de vez en cuando. De repente, mami se levantó y apagó la televisión. Su voz temblaba cuando dijo: “Este año, Papá Noel no vendrá a nuestra casa.” Mami suspiró y nos miró con tristeza: “Es que… este año no tenemos dinero para regalos.” Confundidos, protestamos al unísono: “Pero mami, ¿qué tiene que ver el dinero con eso? ¡Todos saben que Santa y sus elfos fabrican los juguetes, y hemos sido buenos casi todo el año!” Entonces papi, visiblemente molesto, levantó la voz. “¡No existe tal cosa como Papá Noel! ¡Tu madre y yo somos Papá Noel! Este año no podemos comprar regalos ni juguetes.” Nos quedamos atónitos. No fue solo el impacto de escuchar que Santa no era real, sino ver la tristeza en los rostros de nuestros padres. Mami volvió a su silla con los ojos llenos de lágrimas, mientras papi caminaba de un lado a otro por la habitación. La alegría de la Navidad parecía desvanecerse. A medida que los minutos pasaban y el reloj se acercaba a la medianoche, ¡algo milagroso sucedió! Eran poco más de las 10 p.m., y la nieve caía más fuertemente. De repente, se oyó un golpe en la puerta. Papi abrió con cautela, desconcertado por quién podría estar visitando tan tarde y en un clima tan inclemente. Al abrir la puerta, su rostro se puso pálido como si hubiera visto un fantasma. Mami se unió a él y sacó un grito exclamando con incredulidad. Nos apresuramos a ver qué causaba esa reacción. Y allí, de pie afuera, había una figura vestida de rojo con una barba blanca—¡Papá Noel! Oímos el inconfundible sonido de campanas tintineando mientras exclamaba: “¡Ho Ho Ho—Feliz Navidad!” «Nuestros corazones saltaron de alegría. “¡Santa Claus es real!” gritamos mientras corríamos a saludarlo, repitiendo emocionados, “¡Se los dijimos! ¡Sabíamos que era real, se los dijimos!” Santa entró en nuestra casa con una cálida sonrisa y saludó a cada uno de nosotros por nuestro nombre. En sus manos llevaba regalos únicos para los cuatro, obsequios que se sentían como tesoros hechos solo para nosotros. No se quedó mucho tiempo, pero hasta el día de hoy, puedo ver a mami mirándolo con lágrimas en el rostro, susurrando con voz temblorosa: “Yo creo. Yo creo.” Como Dios es mi testigo, ese acto de amor hace más de sesenta años cambió mi vida para siempre. Estoy seguro que mis hermanos dirían lo mismo. Lo que esa alma bondadosa, vestida de Santa, probablemente pensó que era un pequeño acto de generosidad, se convirtió en un milagro grabado en nuestros corazones para eternidad. Cada Adviento desde entonces, al menos uno de nosotros cuenta la historia de cuando Papá Noel vino a nuestro hogar. Hoy, todos estos años después, me encuentro aquí, mayor—y quizás un poco más sabio—reflexionando sobre esos momentos: ¿Es mi fe en Dios tan fuerte como la de mami cuando oraba para que Jesús intercediera en tiempos difíciles? ¿Es mi esperanza en la llegada de Cristo y su salvación eterna tan vibrante y ansiosa como lo era cuando de niño esperaba a Santa? ¿Es mi amor por mis vecinos tan genuino y desinteresado como el amor que ese desconocido nos mostró hace tantos años? Y cuando llegue el momento de responder a un golpe en mi puerta—y veo a Jesús parado allí—¿estaré listo para decir con todo mi corazón, alma, fuerza y mente… “Yo creo. Yo creo”? Fe, esperanza y amor… Que Dios los bendiga a todos. ¡Feliz Navidad! Carlos ‘Charlie’ Rivera Hijo de Latito y Cia
Estaba yo en 7mo grado e iba a piè para la escuela cuando me encontrè con un señor de frente (que resultò ser Tio Latito) y me dijo: Tù eres hijo de Vicente? Vas para la escuela? Yo le digo que si y el me echa la bendiciòn y me pregunta: estàs en Junior o en Senior? Y yo le contesto no, estoy en Palo Hincado… Que rayos sabia yo de junior o senior? Yo sabìa de elemental, intermedia y superior. Ah, y de Junior el de Tia Sara.
Homenaje Del Instituto de Cultura y 6to Plenazo dedicado a nuestro Ramón López.
Familia
El maestro Ramón López realiza inmensa donación de tapices al Instituto de Cultura Puertorriqueña
Ramón López / Foto Teresa Canino
San Juan – Noventa y siete tapices producto de cuarenta años de trayectoria del artista Ramón López conforman la más reciente donación hecha al Instituto de Cultura Puertorriqueña. Esta inmensa colección pasa a formar parte de la Colección de Arte que custodia el ICP y que incluye obra sobre papel, textiles, pinturas, tallas, esculturas y muebles, entre otras. Algunas de estas obras han sido expuestas en Moscú, Sevilla, Managua, Santo Domingo, La Habana, Nueva York, Chicago y Puerto Rico.
Los trabajos de Ramón López son únicos en términos de técnica. El resultado es totalmente suyo y “netamente puertorriqueño”. Estamos ante piezas de arte que se distancian abismalmente del tapiz tradicional, de la producción de los programas artesanales que los norteamericanos trajeron a Puerto Rico en los años 30 y de aquello que se le enseñaba a los varones en los cursos de Artes Industriales.
Obra del maestro Ramón López
Obra del maestro Ramón López
Al hablar sobre su arte, dice el artista: “Yo improviso, yo invento y, como no, cometo mis errores, pero de ellos aprendo a hacer un arte que no es rebuscado y superficial. Mi arte tiene que ser de mucho contenido, sin complejidades. Esta tiene que ir directo al corazón del pueblo del cual me nutro y le da sentido a mi vida”.
Ramón López, además de haber dirigido por muchos años el Centro de Investigaciones de las Artes Populares del ICP, es antropólogo, etnógrafo, artista, artesano, activista cultural y músico. Fue profesor de antropología en el Recinto de Río Piedras de la UPR y trabajó con los Pleneros de la 23 Abajo como artesano y organizador de proyectos de educación popular. El polifacético artista también es el creador del taller Cocobalé y ha publicado numerosos trabajos de investigación y divulgación sobre la historia y la cultura puertorriqueña, algunos de ellos publicados por la Editorial del ICP.
Obra del maestro Ramón López
Obra del maestro Ramón López
“El Programa de Artes Plásticas se honra en recibir esta donación de uno de los nuestros que viene a diversificar y a expandir el acervo plástico de nuestro país. Esta donación es un regalo al pueblo de Puerto Rico y el Instituto de Cultura Puertorriqueña está comprometido con brindar el debido acceso a investigadores que quieran estudiar y promover la exhibición de las mismas” – señaló Ángel Antonio Ruiz Laboy, director interino del Programa de Artes Plásticas del ICP.
Las noches estrelladas, los peces, los helicópteros, los lagartijos, los gatos, los petroglifos y las sirenas de Ramón López tienen su nuevo hogar, junto a tantos otros tesoros, en la colección del Instituto de Cultura Puertorriqueña.